Encendió la radio…la cinta llevaba horas sonando con el volumen bajo, susurrando y creando ambiente sin molestar, intentando pasar desapercibida.
Subió el volumen.
Las notas resonaban en sus tímpanos y la letra le acariciaba la cara con dedos fríos que se calentaban cada vez que suspiraba por una caricia suave detrás de la oreja.
Las estrellas brillaban con fuerza en el cielo oscuro mientras él se afanaba por encontrar formas que no existían, constelaciones perdidas y cometas fortuitos que se cruzaban junto con sus pensamientos.
Leones de ojos blancos, burros de alas plateadas y flores polares hacía del cielo esa noche un lugar perfecto en el que perderse llevando solo encima una sonrisa por equipaje.
Todavía tenía su olor en la cara, a café, a curiosidad, a menta, a placer… pero aun así todavía no conseguía distinguirlos todos…quizás esa fuera la meta, el ultimo y primer paso que cerraba y abría una nueva puerta, el destilar el último sabor, ese que se crea poco a poco, que aparece con el tiempo y como ratón que encuentra su agujero decide quedarse caliente y acurrucado hasta que el tiempo lo permita.

Cerraba los ojos, dejándose llevar por las emociones que como olas, venían y se iban para volver, sorteando al sueño.
Eran tantas las cosas que diría y sin embargo sus ojos le cautivaban tanto la boca que se sentía incapaz de decir nada. Prefería que solo fuera un silencio lo que separaran sus bocas usando a la lengua como mensajero común entre ellas cuando fuera necesario comunicarse.
Por que en ese momento las palabras eran mitad de quien las pronunciaba y mitad de quien las escuchaba.
Y la radio, seguía sonando: “Si alguna vez te faltaran colores, me los puedes pedir, me los pides a mí, por que yo…”